ESPECIAL DE PORTADA

Una conversación con Claudia Magaña sobre activismo, redes de apoyo y violencia de género.

Texto: Daniel Vera e Isabel Ramón. Editorial: Omar Jiménez. Fotografía: Xavier Rojas. 

El año pasado leí un artículo de Jia Tolentino, publicado en The New Yorker: un ensayo sobre la maternidad, el trabajo doméstico no remunerado y la acción de «cuidar a alguien por su vulnerabilidad y no a pesar de ella», una contextualización cotidiana de la manera tan exasperante en que el esquema de cuidados ha sido atribuido, de manera histórica, a las mujeres. En el texto, Tolentino reflexiona acerca de lo privilegiada que es al poder pagarle a alguien para hacer un trabajo más exhaustivo e importante —en sus propias palabras— que el de ella. Pero inicia con una cita mordaz: «En nuestra sociedad, parece existir una regla general: cuanto más evidente es que el trabajo de una persona beneficia a otras, menos probable es que reciba una remuneración por ello», escrita en 2018 por el fallecido antropólogo y activista David Graeber. 

 

A lo largo del ensayo, Tolentino revela que la maternidad puede ser una forma de rebelión y que, desde la pandemia por el coronavirus —y por lo menos en Estados Unidos—, «muchos centros de cuidado infantil —a menudo atendidos por mujeres que no pueden costear el cuidado de sus hijos— cerraron o funcionaron con pérdidas; los padres se vieron desbordados, tratando de trabajar mientras educaban a sus hijos en casa. Las responsabilidades del cuidado recayeron sobre las mujeres, millones de las cuales tuvieron que abandonar el mercado laboral, incluidas enfermeras y profesoras que antes dejaban a sus familias todos los días para cuidar a adultos mayores, personas enfermas y niños». 

 

La realidad de México no está tan lejos de ese escenario. En 2022, la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) reveló que 58.3 millones de personas en el país necesitaban algún tipo de cuidado, una cifra que representaba el 45.2% de la población total: niños en la primera infancia, adolescentes, personas mayores y quienes viven con alguna diversidad funcional o dependencia. Detrás de esa necesidad también hay múltiples manos sosteniendo la posibilidad de generar riqueza. La misma encuesta mostró que 32 millones de personas mayores de ocho años participaban en estas tareas y, de ellas, 24 millones eran mujeres. 

 

Atraer una conversación sobre cuidados, entonces, no implica únicamente referirse a una práctica doméstica, sino a una estructura social profundamente arraigada que reproduce desigualdades y condiciona trayectorias de vida. Es desde esa comprensión que la concientización se vuelve inevitable. Con la Mtra. Claudia Magaña Lugo, directora general del Instituto Estatal de las Mujeres (IEM), reflexionamos sobre estas situaciones: la disparidad, la inequidad. «El sistema de cuidados históricamente ha recaído en las mujeres, por el simple hecho de serlo», replica. «No únicamente buscamos redistribuir esta carga histórica, sino también reconocer tal labor, desde la óptica del trabajo, como una que sostiene de igual manera la economía; verla como una corresponsabilidad que se comparte no solo entre hombres y mujeres, sino incluyendo al Estado», puntualiza. 

 

Profesionalmente, Claudia Magaña es licenciada en Administración de Empresas y maestra en Género y Prevención de la Violencia, lo que refleja que cuenta con una preparación integral ante el cargo que desempeña dentro del andamiaje del gobierno estatal tabasqueño. De alguna manera, su trayectoria como activista es igualmente destacable: formó parte de la Asociación ANIG (ANIG ONEHOM, A.C.) durante cuatro años, cuya labor estuvo dirigida al beneficio de niñas y niños enfermos de leucemia y otros tipos de cáncer. 

 

En el año 2021, en colaboración con un grupo de madres protectoras, la Mtra. Claudia Magaña presentó ante el Congreso del Estado de Tabasco un proyecto de reforma a la Ley Estatal de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. Esta iniciativa tuvo como propósito principal visibilizar la violencia vicaria, que se ejerce mediante la instrumentalización de terceros —comúnmente, los hijos— para dañar a la víctima por interpósita persona. En otras palabras, se trata de una forma de maltrato por sustitución cuyo objetivo es provocar un quebranto emocional profundo, transformando los vínculos de afecto en herramientas de castigo y control. 

 

En este proceso, Claudia Magaña fungió como impulsora de un movimiento que logró despertar interés y promover la concientización en distintos países de América Latina. Desde su punto de vista, esto significó un esfuerzo colectivo en construcción, que continuará fortaleciéndose desde el IEM. «Desde el Instituto, abogadas y psicólogas nos preparamos constantemente para atender a las víctimas y brindarles la atención necesaria», asevera. 

Establecer una red institucional de apoyo dirigida a mujeres que, de manera cotidiana, atraviesan distintos tipos de violencia en diversos ámbitos representa un reto complejo. Sin embargo, es un desafío que Claudia Magaña ha sabido asumir con templanza, constancia y esfuerzo: «Lloro cuando tengo que hacerlo, también me enojo y siento impotencia muchas veces. Pero tengo personas cerca que me escuchan, que me acompañan cuando lo necesito». Aunado a ello, existe un factor sustancial para brindar un acompañamiento verdaderamente integral: la susceptibilidad ante los abusos. Nuestra invitada lo expresa con claridad al afirmar que perder esa sensibilidad ante las injusticias y las violencias equivale a perder el camino en esta lucha. 

Desde esta perspectiva, resulta fundamental no perder de vista el trasfondo que existe detrás de cada expediente. No se trata solo de documentos o cifras, sino de historias marcadas por batallas que suelen, inevitablemente, normalizarse; así como por patrones que se perpetúan de generación en generación, reproduciendo la violencia y provocando la revictimización de quienes la padecen. 

 

«La violencia no solo te alcanza en los espacios públicos, sino también en los hogares, donde se supone debería estar nuestro lugar seguro», sostiene Claudia. Las palabras de nuestra invitada nos invitan a reflexionar sobre la importancia de incorporar la perspectiva de género —y de interseccionalidad— en todos los espacios, no únicamente como un requisito formal del derecho, sino como un principio de humanismo que permita construir entornos justos. «La información es esencial, y desde el IEM llevamos campañas para concientizar a hombres y mujeres en empresas, escuelas públicas y privadas, porque todos somos parte de que podamos avanzar a un Tabasco más seguro». 

 

Desde un entorno empático, Claudia Magaña construye un puente de trascendencia para todas, sin ningún tipo de exclusión. Si seguimos su faceta literaria, nos encontramos con una talentosa escritora que, con el apoyo de una amiga ilustradora —a quien define como «maravillosa»— creó Yo soy Mujer en Tabasco, un paraje de inspiración y gratitud dirigido a niñas y adolescentes que sueñan con un futuro fructífero, en el que puedan desenvolverse con libertad y firmeza. En su libro, Claudia se dirige a las familias y subraya la importancia de incitar a las mujeres, desde pequeñas, a ocupar espacios y ser parte de la toma de decisiones. 

 

Indudablemente, reconocemos a la Mtra. Claudia Magaña Lugo como una referente dentro del activismo social, no solo por la entrega que ha demostrado en cada ámbito de su trayectoria, sino también por mantenerse cercana a las juventudes, a las madres, a las trabajadoras y, en general, a todos los grupos vulnerables que necesitan una voz. Sin duda, es una mujer ilustre y trabajadora que nos motiva a la colaboración oportuna, a la empatía y a la satisfacción de contribuir a la construcción de un mundo libre de violencias: una persona que se debe y se ha entregado a las causas sociales.